Gran torii rojo entre cedros del santuario Kitaguchi Hongu Fuji Sengen, con visitantes al pie, Fujiyoshida, Japón

Un santuario entre cedros centenarios

En Fujiyoshida, en la prefectura de Yamanashi, se encuentra Kitaguchi Hongu Fuji Sengen, también conocido como Sengen-jinja. Aquí se han celebrado ritos de culto a la montaña durante más de 1.900 años. El recinto conserva el carácter de un lugar vivo: no es una escenografía, sino una puerta al paisaje y a la historia espiritual de la zona.

El paseo de entrada atraviesa un bosque de cedros japoneses de troncos enormes; algunos rondan el milenio. Al final aparece el Fujisan Otorii, uno de los mayores torii de madera de Japón, con más de 18 metros de altura. La guía oficial de Fujiyoshida sitúa el santuario entre los elementos del paisaje cultural del monte Fuji reconocidos por la UNESCO.

Barriles de sake ofrecidos en el santuario Kitaguchi Hongu Fuji Sengen, Fujiyoshida, Japón

Entre la madera, las tablillas votivas y los barriles de sake ofrecidos al santuario se entiende que el lugar sigue formando parte de la vida cotidiana, no solo de una ruta de visitas.

La escala del torii

El torii rojo es el elemento más reconocible, pero su dimensión se percibe de verdad cuando alguien cruza delante de él. Por eso preferí conservar la imagen completa: las personas, los verdes densos y la arquitectura explican mejor el tamaño y el ambiente del lugar que una fotografía cerrada sobre el símbolo.

En Japón es fácil quedarse en el icono —un torii, una pagoda, una linterna de piedra—. Aquí el bosque no funciona como un fondo: es lo que da al acceso su atmósfera y su escala.

Visitar y fotografiar con respeto

Kitaguchi Hongu Fuji Sengen sigue siendo un lugar de culto. Eso cambia la manera de visitarlo y fotografiarlo: caminar sin prisa, no interrumpir los rituales y entender que las personas que aparecen en el encuadre no están formando parte de una escenografía.

No hace falta explicar demasiado un lugar así. Basta con recorrerlo despacio, mirar el tamaño de los árboles y dejar que el ruido cambie al cruzar la entrada. La cámara puede acompañar esa experiencia, sin convertirla en algo distinto.

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