
Cuando se habla de inteligencia artificial y fotografía, casi siempre se empieza por la misma pregunta: qué puede hacer la IA con una fotografía. Eliminar objetos, generar fondos, reducir ruido, ampliar una imagen, cambiar una luz o incluso crear una escena que nunca existió.
A mí me interesa bastante más la pregunta al revés: qué puede hacer un fotógrafo con la IA.
Llevo meses incorporándola a mi forma de trabajar y, curiosamente, cuanto más la utilizo menos me interesa que haga fotografías por mí. Donde más útil me resulta es antes y después de pulsar el disparador: cuando intento entender por qué una imagen funciona o no, cuando no tengo claro hacia dónde llevar una edición, cuando necesito ordenar un proyecto, seleccionar fotografías o enfrentarme a las bases interminables de un concurso.
También la utilizo para experimentar, y precisamente por hacerlo he ido descubriendo mis propios límites.
No pretendo escribir un manifiesto a favor o en contra de la inteligencia artificial. Este artículo nace de algo mucho más práctico: contar qué usos se han quedado conmigo después de probarla de verdad, cuáles me han hecho trabajar mejor y en cuáles prefiero seguir diciendo «hasta aquí».
Porque, al menos en mi caso, la IA me resulta mucho más interesante cuando me ayuda a tomar decisiones que cuando las toma por mí.
Antes de seguir, una aclaración importante: cuando en este artículo hablo de conversar con una IA, me refiero principalmente a ChatGPT Plus, que es la herramienta con la que trabajo ahora mismo. He probado otras opciones, como Leonardo AI o Claude, y seguramente habrá fotógrafos que se sientan más cómodos con ellas o las consideren mejores para determinadas tareas. No pretendo hacer aquí una comparativa ni defender que exista una herramienta superior a todas las demás. Para lo que yo busco —analizar mis fotografías, discutir una edición, desarrollar proyectos y mantener conversaciones largas sobre mi propio proceso— ChatGPT es, sencillamente, donde me siento más cómodo. Y esa comodidad también importa cuando una herramienta acaba formando parte de tu manera de trabajar.
Pensar mejor tus fotografías
Una de las cosas más útiles que he encontrado en la IA no tiene nada de espectacular: conversar sobre una fotografía.
Puedo enseñarle una imagen y preguntarle qué elementos atraen primero la mirada, dónde pierde fuerza la composición, si una zona demasiado luminosa compite con el sujeto o qué ocurriría si modificara el encuadre. Su respuesta no deja de ser una propuesta, y puedo discutirla o descartarla.
Esto cambia bastante la forma de utilizarla. Si la pregunta es simplemente «¿cómo editarías esta foto?», estoy delegando buena parte de la decisión. Si explico qué quiero conseguir, qué quiero conservar y qué me molesta de la imagen, la conversación se vuelve mucho más interesante.
«Quiero mantener una edición realista y dirigir la mirada hacia [elemento principal]. Analiza primero la composición, la luz y el color. Dime qué funciona y qué elementos distraen. Después propón ajustes concretos que pueda realizar yo en Lightroom y explícame por qué los harías. No cambies el carácter de la fotografía ni des por hecho que tengo que aceptar tus propuestas.»
La diferencia parece pequeña, pero no lo es. En lugar de pedir una receta, estoy obligándome a definir una intención.
Y a veces la mejor respuesta de la IA es una con la que no estoy de acuerdo.
Me ocurrió preparando una fotografía para el concurso fotográfico Caminos de Hierro. En una de las imágenes, tomada dentro de un vagón, había un asiento en la parte inferior izquierda que podía parecer prescindible. Durante el análisis surgió la posibilidad de recortarlo para limpiar el encuadre. Yo veía justo lo contrario: ese asiento equilibraba la imagen y ayudaba a construir la profundidad de la escena. No lo recorté.
Puede parecer una anécdota, pero resume bastante bien este uso: la IA planteó una posibilidad y yo decidí que no.
También se ha convertido en una especie de profesor disponible mientras edito. Si quiero conseguir un determinado efecto en Lightroom o Photoshop, puedo pedir que me explique cómo hacerlo en lugar de pedirle que transforme la imagen. Así el resultado sigue dependiendo de mí y, además, aprendo un procedimiento que después puedo repetir sin ayuda.
Esto me ha resultado especialmente útil con máscaras, ajustes locales, color, enfoque o procesos más complejos en Photoshop. No se trata de que la IA mueva los deslizadores por mí, sino de poder preguntarle qué herramienta utilizar, en qué orden y qué debería observar para saber si me estoy pasando.
Hay otra aplicación menos evidente: utilizarla para entender tu propio estilo.
Encontrar un estilo fotográfico es una de esas búsquedas en las que resulta tentador pedir una respuesta rápida. Pero no creo que una IA deba decirte cuál es tu estilo, y mucho menos inventártelo. Sí puede hacer algo bastante más útil: observar un conjunto de fotografías tuyas y ayudarte a detectar patrones que quizá repites sin ser plenamente consciente de ellos.
«Voy a mostrarte una selección de fotografías realizadas por mí. No quiero que inventes un estilo ni que intentes encasillarme. Busca patrones recurrentes en composición, luz, color, temas, distancia respecto al sujeto y atmósfera. Señala también las excepciones. Después ayúdame a describir con palabras qué decisiones visuales parecen repetirse en mi trabajo.»
En mi caso, ese tipo de análisis no me descubrió de repente quién era como fotógrafo. Me ayudó a poner palabras a cosas que ya estaban en las imágenes: determinadas atmósferas nocturnas, una tendencia hacia lo cinematográfico, cierta forma de utilizar el color o de dejar espacio alrededor de las personas.
Poner palabras a lo que haces tiene una consecuencia interesante: empiezas a reconocer mejor tu propia mirada. En mi caso, esa búsqueda también me ha llevado a trabajar de forma consciente una fotografía más cinematográfica, tanto en la toma como en la edición. Si te interesa ese proceso, lo explico con más detalle en mi guía sobre fotografía cinematográfica.
Quizá por eso esta sea una de las paradojas que más me interesan de la inteligencia artificial aplicada a la fotografía: bien utilizada, puede obligarte a explicarla.
Construir y desarrollar proyectos
Una fotografía puede funcionar por sí sola. Un proyecto necesita algo más: que las imágenes empiecen a hablar entre ellas.
Aquí la IA me ha resultado especialmente útil, porque trabajar una serie obliga a tomar decisiones muy distintas a las de editar una fotografía individual. Ya no basta con preguntarse cuál es la imagen más potente. Hay que pensar qué aporta cada una, qué repite, qué anticipa, qué rompe el ritmo y qué ocurre cuando colocas dos fotografías juntas.
Lo he comprobado especialmente trabajando en el proyecto que estoy desarrollando: Corazón de Neón, mi fotolibro sobre el Japón nocturno. Las fotografías eran mías y la idea del proyecto también, pero construir el libro significaba enfrentarse a decenas de decisiones: selección, secuencia, capítulos, transiciones, dobles páginas, textos, silencios y, sobre todo, renuncias.
En ese proceso, conversar con una IA puede funcionar como tener una mesa de edición permanentemente disponible.

No para pedirle «ordéname estas fotos», sino para someter una secuencia a preguntas. ¿Hay demasiadas imágenes parecidas seguidas? ¿Esta fotografía funciona mejor como cierre o como transición? ¿Este cambio de color rompe el ritmo de forma interesante o simplemente distrae? ¿Estoy manteniendo una imagen porque es buena o porque realmente la necesita el proyecto?
Cuando llevas mucho tiempo trabajando con tus propias fotografías es fácil encariñarte con algunas. La IA no tiene ese vínculo emocional y puede señalar repeticiones o incoherencias que uno ya no ve. No significa que tenga razón, pero sí que te obliga a defender por qué una fotografía debe quedarse.
«Voy a enseñarte una secuencia de fotografías que forman parte de un proyecto. No quiero que las ordenes por mí. Analiza el ritmo, las repeticiones, los cambios de luz y color, las transiciones y la relación entre imágenes. Señala dónde crees que la secuencia pierde fuerza y explícame por qué. Si propones mover o eliminar una fotografía, dame el argumento para que pueda decidir yo.»
Con Corazón de Neón hemos llegado a discutir cosas tan pequeñas como la posición de una fotografía dentro de una doble página y tan grandes como la estructura completa del libro. Algunas propuestas acabaron incorporándose; otras se descartaron; y muchas provocaron una tercera solución que no había aparecido al principio.
Una conversación no tiene por qué terminar con una respuesta correcta. A veces basta con que abra una posibilidad.
Además, cuando el proyecto crece, la IA puede ayudar a mantener una especie de memoria de trabajo: recordar por qué una imagen cambió de capítulo, qué función tenía una transición o qué criterio habíamos establecido para una determinada parte de la serie. En un proyecto largo, esa continuidad tiene bastante valor.
Concepto y coherencia no son lo mismo que autoría. Puedo utilizar la IA para cuestionar una secuencia, detectar problemas o poner a prueba una idea, pero qué quiero contar y cómo quiero que se lea sigue siendo cosa mía.
Por eso, en proyectos fotográficos, no la veo como un comisario que decide, sino como alguien sentado al otro lado de la mesa que no se cansa de mirar otra versión.
Resolver la parte menos creativa
No todo el trabajo de un fotógrafo consiste en hacer fotografías. Y cuanto más en serio te tomas un proyecto, más tiempo aparece alrededor de ellas.
Concursos, convocatorias, exposiciones o publicaciones suelen venir acompañados de bases, categorías, formatos, medidas, perfiles de color, nombres de archivo, textos explicativos y fechas límite. Es una parte necesaria del proceso, pero difícilmente es la que más apetece hacer.
Aquí la IA me parece especialmente útil porque puede ahorrar tiempo sin intervenir en la fotografía.
Cuando preparo una obra para un concurso, por ejemplo, puedo darle las bases completas y pedirle que extraiga únicamente lo que afecta a mi participación: número máximo de imágenes, dimensiones, peso del archivo, espacio de color, sistema de identificación, restricciones de edición o documentación necesaria. Después puedo contrastar mi exportación con esa lista antes de enviar nada.
También puede ayudar a interpretar una categoría cuando la redacción es ambigua, comparar varias fotografías con los criterios de una convocatoria o trabajar un título y un pequeño texto de presentación.
«Voy a darte las bases completas de un concurso de fotografía. Léelas como si fueras a revisar mi participación antes de enviarla. Extrae únicamente los requisitos que debo cumplir: temática y categorías, número de obras, restricciones de edición o uso de IA, dimensiones y formato de archivo, espacio de color si se especifica, sistema de nombres, documentación, forma de envío y fecha límite. Separa claramente lo obligatorio de lo recomendable y avísame si algún punto es ambiguo. No inventes requisitos que no aparezcan en las bases.»
Puede parecer un uso menor comparado con analizar una fotografía o construir un fotolibro, pero es uno de los que más utilizo: reduce el riesgo de cometer un error absurdo después de haber dedicado horas —o meses— a una imagen y descarga parte del trabajo mecánico. En este caso, la IA no añade nada a la fotografía. Precisamente por eso puede resultar tan útil.
Si estás pensando en presentar tus fotografías a concursos, he reunido en una guía aparte lo que he ido aprendiendo con los años sobre selección de imágenes, lectura de bases, preparación de archivos y otros aspectos prácticos. Puedes leerla aquí: Concursos de fotografía: guía práctica para participar.
Editar fotos con IA y saber dónde parar
Hasta aquí he hablado sobre todo de utilizar la IA alrededor de la fotografía. La cuestión se vuelve más delicada cuando empieza a intervenir directamente sobre la imagen.
Y lo primero que conviene asumir es que la frontera no es tan sencilla como «con IA» o «sin IA». Si utilizas Lightroom, probablemente ya estás utilizando inteligencia artificial aunque no estés generando nada: máscaras que detectan personas o cielos, reducción de ruido, selección automática de elementos... Son herramientas que analizan la imagen para ayudarnos a editarla. En Photoshop una de las más usadas es el relleno generativo.
El salto importante, para mí, aparece cuando la herramienta deja de trabajar únicamente con la información de la fotografía y empieza a reconstruir o generar información nueva.
No veo igual una máscara automática de cielo que una herramienta que elimina un objeto y reconstruye lo que debería haber detrás. Y tampoco veo eso exactamente igual que pedir que aparezca en la fotografía algo que nunca estuvo allí.
Me ayuda pensar en una escala sencilla:
ANALIZAR → MEJORAR → RECONSTRUIR → GENERAR

Las fronteras entre esos pasos pueden ser difusas, pero la pregunta es útil: ¿qué está haciendo realmente la herramienta con mi fotografía?
Hace poco lo comprobé de una forma bastante clara con una fotografía nocturna realizada con el iPhone. La escena era real: la torre, la noche y la luna estaban allí, y también lo eran su posición y su tamaño aparente. El problema era técnico. El teléfono no había podido registrar al mismo tiempo la escena y el detalle de la luna como yo la estaba viendo.


Primero intenté llevar la imagen hacia una atmósfera más cinematográfica. El resultado era atractivo, incluso más espectacular que la escena original, pero algo no funcionaba: la luna empezaba a parecer demasiado perfecta y la imagen se alejaba de lo que yo había fotografiado.
La solución fue curiosa: pedirle a la IA que hiciera menos.
Reducir el efecto, recuperar naturalidad, contener el detalle y volver a acercar la imagen a una sensación creíble. El resultado final me gustó mucho, pero no intento engañarme sobre lo que ocurrió: ese detalle lunar no estaba escondido en el archivo esperando a que Lightroom lo recuperara. Fue reconstruido.
Ese matiz cambia para mí el contexto en el que puedo utilizar la fotografía.
La publicaría en Instagram explicando el proceso, porque forma parte de un experimento y me parece interesante enseñar tanto el resultado como sus límites. No la incorporaría, en cambio, a mi portfolio fotográfico tradicional. Y tampoco la presentaría a un concurso cuyas bases prohibieran ese tipo de intervención.
No porque crea que exista una regla que todos los fotógrafos deban adoptar, sino porque esa es la frontera que ahora mismo tiene sentido para mí.
En otras ocasiones sí quiero cruzarla deliberadamente. Un ejemplo es «La ciutat del demà», una obra en la que partí de una fotografía real de Palma y utilicé inteligencia artificial para reinterpretarla. La Catedral y la identidad de la ciudad permanecían reconocibles, pero el objetivo ya no era documentar exactamente lo que había delante de la cámara, sino imaginar otra Palma posible.

En este caso la intervención de la IA no era algo que hubiera que disimular: formaba parte del propio planteamiento de la obra. «La ciutat del demà» recibió una Mención de Honor CEF en el I Concurso de Fotografía «creativIArt», organizado por FAFIBA (Federación de Asociaciones de Fotografía de las Islas Baleares), un certamen en el que la inteligencia artificial formaba parte de la propuesta creativa.
Me parece un buen contrapunto a la fotografía de la torre y la luna. En una intentaba mantenerme cerca de una escena real y tuve que decidir dónde estaba mi límite cuando la IA empezó a reconstruir información que la cámara no había registrado. En la otra acepté desde el principio que la transformación formaba parte de la obra.
Por eso me resulta más útil preguntarme qué estoy haciendo, con qué intención y dónde voy a mostrar el resultado. Cuanto mayor es la intervención generativa, más importante me parece la transparencia sobre el proceso.
«Quiero experimentar con esta fotografía sin perder de vista qué parte pertenece al archivo original. Antes de proponer cambios, separa tus sugerencias en tres grupos: ajustes que trabajan con la información existente, intervenciones que reconstruyen contenido y cambios que generan contenido nuevo. Explícame qué implicaría cada opción para que pueda decidir hasta dónde quiero llegar.»
No utilizo esta clasificación como una norma rígida. Me sirve para no meter en el mismo saco cosas muy diferentes y para recordar algo fácil de olvidar: que una intervención sea técnicamente posible y visualmente espectacular no significa necesariamente que mejore una fotografía.
A veces la IA puede ayudarnos a hacer más. Y otras veces, como me ocurrió con aquella luna, la mejor decisión consiste en pedirle que haga menos.
La IA no tiene mirada. Tú sí
Después de meses utilizándola, no siento que la inteligencia artificial me haya hecho menos fotógrafo. Tampoco creo que me haya convertido automáticamente en uno mejor. Sí me ha obligado muchas veces a pensar con más precisión sobre lo que hago.
Para obtener una respuesta útil tengo que explicar qué quiero conseguir. Para rechazar una propuesta, entender por qué no me convence. Y para decidir hasta dónde permito que intervenga en una imagen, preguntarme qué considero esencial en mi forma de fotografiar.
La IA puede analizar una composición, sugerir una edición, detectar repeticiones en una serie, leer unas bases, discutir una secuencia o generar una imagen sorprendente. Y seguramente dentro de poco hará cosas que hoy ni siquiera estamos planteando.
No sé dónde estará la frontera dentro de unos años. La mía seguramente también cambiará. Lo que intento conservar es algo bastante sencillo:
«Saber cuándo estoy utilizando una herramienta para acercarme a lo que quiero contar y cuándo estoy dejando que la herramienta empiece a decidirlo por mí.»